MILICIA DE LA IMNACULADA

El año 1917 fue especialmente decisivo para Europa y para el mundo. La guerra iniciada en 1914 parecía no tener fin y los muertos se contaban por millones. En Rusia triunfaba la revolución bolchevique y se implantó el primer régimen comunista de la historia. Los masones celebraban triunfalmente el segundo centenario de su fundación, y los protestantes el cuarto. Fray Maximiliano tenía 23 años, aún no era sacerdote, pero le hervía la sangre por dentro ante tanta provocación, especialmente de la masonería, que se manifestaba, arrogante, debajo mismo de los balcones del Papa. Su espíritu franciscano y apostólico le incitaba a la acción. De buena gana hubiese ido a la Logia de Roma a evangelizar al Gran Maestre de Italia, como un nuevo San Francisco camino del Sultán de Egipto. Pero se daba cuenta de que nada podría hacer él solo. Era preciso organizarse -como hacían los adversarios- para conseguir resultados eficaces. Por eso, cuando en Italia ya se estaba gestando la Acción Católica de los seglares, Maximiliano Kolbe ideó y fundó la Milicia de la Inmaculada.

La Milicia de la Inmaculada no es una organización de tipo piadoso devocional, como alguno pudiera creer. Su finalidad conecta directamente con las raíces del movimiento franciscano, que nació en el siglo XIII como instrumento de conversión y de apostolado. El padre Kolbe lo sabía. Por eso afirma que la orden de los Conventuales, de la mano de la Inmaculada -que en Lourdes pedía conversión y penitencia¬, estaba entrando en la segunda etapa de su historia.

Los fines de la Milicia de la Inmaculada quedan bien reflejados en sus estatutos fundacionales:  "Trabajar por la conversión...y la santificación de todos bajo el patrocinio de María Inmaculada".

No obstante las expresiones de tipo militar o caballeresco, tan propias de la época, no se trata en absoluto de hacer la guerra a los enemigos de la Iglesia. Al contrario: lo que se pretende combatir, por todos los medios legítimos, es el mal que los esclaviza y los hace infelices. Por eso, la MI puede considerarse un movimiento de renovación y liberación integral de la persona y de la sociedad.

Para pertenecer a la MI se requiere:

  • Consagrarse totalmente a la Inmaculada, como instrumento en sus manos;

  • Llevar la medalla de la Milagrosa -algo no esencial, pero sí signo visible del propio ofrecimiento interior a la Virgen-;

  • Inscribirse en alguna de las sedes canónicas de la MI.

Integrando espiritualidad y misión, la MI desarrolla sus programas en torno a cuatro líneas fundamentales:

  • Reconocer en la consagración a Dios a través de la Inmaculada la prioridad de la vocación a la santidad (dimensión existencial);

  • Vivir la consagración en la Iglesia, para amar a la Iglesia desde dentro, como miembros vivos, reconociendo y profesando sin ambigüedades la fe católica (dimensión eclesial);

  • Participando desde el espíritu de la consagración mariana, en cualquiera de los apostolados de la Iglesia (dimensión misionera);

  • Dar testimonio de la consagración en medio del mundo estando al servicio de todos, en clave de fraternidad, acogida y alegría (dimensión cultural).

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