Bruno Cornacchiola
(1913-2001)
(1913-2001)
Bruno nació el 9 de mayo de 1913 en la periferia de Roma, en el seno de una familia sumida en la extrema pobreza y la descomposición social. Creció en un ambiente violento y sin educación religiosa. En la década de 1930, se alistó para luchar en la Guerra Civil Española. Durante su estancia en España cayó bajo la influencia de un militar alemán protestante que le inculcó un rechazo feroz hacia el dogma católico, los sacramentos y la figura del Papa.
Aquel adoctrinamiento transformó a Bruno en un acérrimo enemigo de la Iglesia. Su resentimiento llegó al extremo de comprar una daga en Toledo en la que grabó la frase: "Muerte al Papa". Su objetivo declarado era regresar a Roma y asesinar al Pontífice Pío XII para "librar al mundo de un tirano»"
De regreso en Italia, trabajaba como conductor de tranvías y se unió a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde destacó por sus discursos virulentos contra la Sede Apostólica y los dogmas marianos. En su hogar, la situación no era mejor: maltrataba violentamente a su esposa, Iolanda, obligándola a abjurar de su fe fehacientemente, aunque ella logró convencerlo años antes de realizar la devoción de los Nueve Primeros Viernes de mes en honor al Sagrado Corazón de Jesús.
El 12 de abril de 1947 aconteció el hecho que cambió drásticamente su vida. Bruno decidió pasar la tarde del sábado en el parque de las Tre Fontane (Tres Fuentes), a las afueras de Roma, un lugar cercano al sitio donde fue decapitado San Pablo. Llevó consigo a sus tres hijos pequeños —Gianfranco, Carlo e Isola— mientras él se sentó a la sombra de un eucalipto a preparar un discurso que pronunciaría al día siguiente, cuyo propósito era demostrar racionalmente la falsedad de la Inmaculada Concepción y la virginidad de María.
Mientras escribía, los niños jugaban a la pelota. De pronto, la pelota se perdió en la maleza. Bruno interrumpió su trabajo para buscarla junto a sus hijos cerca de una pequeña gruta. Al no escuchar a su hijo menor, Gianfranco, se acercó a la entrada de la cueva y lo encontró de rodillas, en trance, mirando fijamente un punto de la cavidad y repitiendo de forma autómata: "Bella Señora, Bella Señora...". A los pocos segundos, los otros dos hijos cayeron arrodillados exactamente en la misma postura.
Asustado, Bruno intentó levantar a los niños, pero pesaban como si fuesen de piedra. Desesperado, miró hacia el cielo e invocó: "¡Dios mío, sálvanos!". En ese momento, experimentó una cegadora luz blanca. Sintió cómo le retiraban un velo de los ojos y la gruta se transformó por completo. Ante él se apareció una mujer de belleza deslumbrante. Llevaba una túnica blanca, un manto verde y una cinta rosa; en la mano derecha sostenía un libro de color ceniza —la Biblia— pegado al pecho, mientras que a sus pies había una sotana negra rota y un crucifijo destrozado (simbolizando los ataques que él había proferido contra el sacerdocio).
La Señora le habló con voz dulce pero firme: "Soy la que está en la Trinidad Divina. Soy la Virgen de la Revelación. Tú me persigues; ¡basta ya! Entra en el redil santo... Los nueve viernes del Sagrado Corazón que hiciste, empujado por el amor de tu fiel esposa, te han salvado".
Durante más de una hora, la Virgen le transmitió un largo mensaje con severos llamamientos a la conversión, la oración del Rosario y la fidelidad a la Iglesia católica y al Santo Padre. Le dio además una señal precisa para confirmar que la visión no era un engaño: le indicó que debía acudir a las parroquias y que el primer sacerdote que al saludarle respondiera "Ave María, hijo mío" y lo acogiera, sería quien lo guiaría de regreso al seno de la Iglesia.
Al finalizar la visión, los niños volvieron en sí. Bruno cayó rendido, llorando inconsolablemente e implorando perdón por sus blasfemias. Tras dos semanas buscando esa señal providencial en distintos templos, dio con el sacerdote profetizado, iniciando así su proceso formal de reconciliación sacramental.
A partir del 12 de abril de 1947, la transformación de Bruno Cornacchiola fue total e irrevocable. Abandonó de inmediato las filas anticatólicas y centró su existencia en reparar el daño causado.
Bruno no ocultó su cambio. Confesó públicamente sus errores, pidió perdón a su esposa por los años de vejaciones y acudió a la sede de la Iglesia Adventista para renunciar formalmente. El 9 de diciembre de 1949, logró ser recibido en audiencia privada por el Papa Pío XII en el Vaticano. Llevaba consigo una Biblia protestante con la que había adoctrinado y la puñalada de Toledo que había comprado para matarlo. De rodillas, le entregó el puñal y le dijo: "Santo Padre, aquí está la daga con la que pensaba matarlo. Le pido perdón". Pío XII lo levantó, lo abrazó paternalmente y le respondió: "Hijo mío, con ese gesto no has hecho más que dar a la Iglesia un nuevo servidor".
Para canalizar su celo evangelizador, en 1948 fundó la asociación catequética y mística SACRI (Schola Apostolica Cavallieri della Regina dell'Inmacolata). El objetivo fundamental del grupo era instruir a los laicos en el catecismo, defender las verdades de la fe católica, promover la lectura de las Sagradas Escrituras dentro de la doctrina eclesial y difundir el mensaje de la Virgen de la Revelación.
Cornacchiola dedicó las siguientes décadas de su vida a recorrer Italia y diversos países del mundo dictando conferencias, dando testimonio de su milagrosa conversión y llamando a los pecadores al arrepentimiento. Se convirtió en un apologista incansable. Predicaba especialmente a los obreros, a las personas alejadas de la fe y a quienes compartían la ideología anticlerical que él había profesado en su juventud.
La gruta donde ocurrió la aparición se convirtió rápidamente en un lugar de masiva peregrinación. Pese a la fama y la atención pública, Bruno rechazó la notoriedad personal y continuó trabajando de manera modesta. Se estableció como custodio de la gruta de Tre Fontane, donde recibía diariamente a miles de peregrinos, enfermos físicos y espirituales para rezar el Rosario con ellos y contarles de viva voz el milagro que salvó su alma.
Bruno Cornacchiola falleció el 22 de junio de 2001 en Roma, a los 88 años de edad. Pasó los últimos 54 años de su vida entregado al servicio de Dios y de la Virgen María, transformado de persecutor de la Iglesia a uno de sus más ardientes apologistas.
Gruta de Tre Fontane donde se apareció la Virgen de la Revelación.