Bartolo Longo
(1841–1926)
(1841–1926)
Nacido en Latiano, Italia, en una familia católica, Bartolo se trasladó a Nápoles en 1861 para estudiar Derecho en la universidad. Aquella época estuvo marcada por una fuerte corriente anticlerical y un auge del espiritismo. Impulsado por el ambiente filosófico de la época y una profunda crisis personal, Longo se apartó por completo de la fe.
Su fascinación por lo oculto lo llevó a involucrarse en cultos espiritistas hasta ser ordenado sacerdote satánico. Durante esta etapa, participó activamente en ritos satánicos, ataques a la Iglesia católica y campañas de difamación contra el clero. Esta inmersión en el satanismo afectó gravemente su salud física y mental, sumiéndolo en una profunda depresión, alucinaciones y pensamientos suicidas que casi lo llevaron al abismo.
Al borde del colapso, Longo escuchó la voz de su difunto padre en sueños urgiéndole a regresar a Dios. A través del apoyo de su amigo Vincenzo Pepe y del sacerdote dominico Alberto Radente, inició un arduo camino de liberación espiritual. La confesión sacramental y la dirección espiritual rompieron las ataduras que lo ligaban al mal.
Sin embargo, el remordimiento por su pasado lo perseguía con violencia. Creía que, por haber sido un sacerdote del diablo, su alma estaba condenada. En 1872, mientras caminaba por el desolado valle de Pompeya sumido en la desesperación, experimentó una iluminación divina en el corazón al recordar las palabras de la tradición dominica sobre la Virgen María: "Si buscas la salvación, propaga el Rosario. Esa es la promesa de María". En ese instante, Bartolo se arrodilló y prometió a la Santísima Virgen no abandonar Pompeya hasta haber difundido la devoción al Santo Rosario. Aquel acto de confianza absoluta marcó su total sanación interior.
Transformado en un fervoroso laico dominico, dedicó los siguientes 50 años de su vida a restaurar la fe en la golpeada región de Pompeya. Llevó un cuadro de la Virgen del Rosario que se convirtió en fuente de innumerables milagros y promovió la construcción del monumental Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya.
Además de su labor espiritual, fundó orfanatos, escuelas y talleres para los hijos de los prisioneros, demostrando que la fe católica se traduce en obras vivas de caridad. Fue beatificado por San Juan Pablo II en 1980, quien lo propuso como un modelo de esperanza para quienes se encuentran atrapados en la oscuridad del mal.
Santuario de la Virgen de Pompeya. Fuente: rparys / Getty Images