Alfonso María de Ratisbona nació en Estrasburgo en 1814 dentro de una de las familias judías más prominentes y acomodadas de Alsacia. Educado en el ambiente de la Ilustración europea y destinado a suceder a sus tíos en la banca familiar, Alfonso gozaba de una posición social envidiable, refinada cultura y un futuro prometedor que incluía un compromiso matrimonial con su joven prima Flore.
Sin embargo, su juventud estuvo marcada por un rechazo vehemente e inquebrantable hacia la Iglesia Católica. Este resentimiento personal se intensificó drásticamente cuando su hermano mayor, Teodoro, se convirtió al cristianismo y fue ordenado sacerdote en 1830. Para la familia Ratisbona, el gesto de Teodoro representó una traición dolorosa; para Alfonso, se convirtió en una afrenta personal que alimentó una constante antipatía hacia los dogmas, símbolos y sacerdotes de la fe católica.
En el invierno de 1841, Alfonso emprendió un viaje de ocio por Europa antes de asentarse definitivamente en su vida matrimonial. Aunque su destino previsto era Palermo y Nápoles, una equivocación al reservar pasaje en vapor lo condujo inesperadamente a Roma en enero de 1842.
Durante su estancia en la Ciudad Eterna, Alfonso visitó por cortesía a un amigo de la infancia, el diplomático Gustave de Bussières. En esa residencia conoció al hermano de Gustave, el barón Théodore de Bussières, un ferviente católico reciéntemente convertido que vio en Alfonso un alma por la que valía la pena luchar.
Théodore entabló profundas discusiones apologéticas con Ratisbona. Ante la resistencia cínica del banquero, el barón le lanzó una propuesta audaz: llevar al cuello la Medalla Milagrosa (revelada a Santa Catalina Labouré diez años antes). Alfonso, considerando el gesto como una superstición ridícula e inofensiva, aceptó entre burlas: "Acepto. Si esto no me hace bien, al menos tampoco me hará daño", exclamó mientras permitía que le colocaran la medalla al cuello.
Acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración Acordaos, compuesta por San Bernardo. Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición, pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio puño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo. Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.
Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona. “Tenga confianza, que si él reza el Acordaos, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita y ofreció su vida por esa intención. En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”. Repentinamente falleció el conde Auguste de La Ferronnays.
Al mediodía del 20 de enero, Théodore de Bussières se encontró por casualidad con Alfonso en la calle y le pidió que lo acompañara a la Basílica de Sant'Andrea delle Fratte. El barón debía arreglar unos trámites para el funeral del conde de La Ferronnays en la sacristía, por lo que le sugirió a Alfonso que esperara unos minutos dentro del templo. La iglesia estaba prácticamente vacía, envuelta en la penumbra del mediodía. Alfonso comenzó a caminar desganado por las naves, admirando la arquitectura y las esculturas sin ningún sentimiento religioso. De pronto, un fenómeno extraordinario interrumpió su paseo: la iglesia pareció sumergirse por completo en sombras. Toda la estructura del templo desapareció de sus ojos, a excepción de una sola capilla lateral dedicada a San Miguel Arcángel, la cual se vio envuelta en una luz cegadora y transparente. En medio del resplandor, Alfonso vio erguida sobre el altar a una figura de majestuosa belleza y dulzura. Era la Santísima Virgen María, exactamente con la misma postura y ropajes que figuraban en la Medalla Milagrosa que llevaba colgada. La Virgen no pronunció una sola palabra con la boca, pero con la mano le hizo un gesto imperioso para que se arrodillara. Alfonso cayó al suelo incapaz de sostener la mirada ante la inmensidad de la luz. Cuando el barón de Bussières regresó de la sacristía pocos minutos después, encontró a Alfonso sollozando, de rodillas frente a la capilla inundada de lágrimas y apretando la Medalla Milagrosa contra sus labios. Al lograr articular palabra, Ratisbona solo pudo exclamar: "¡Ella no me ha dicho nada, pero yo lo he entendido todo!" En ese instante de intuición mística, Alfonso comprendió de forma infusa los dogmas de la Iglesia Católica, la verdad de los sacramentos y el sentido profundo de la Redención. El 31 de enero de 1842, tras ser examinado por las autoridades eclesiásticas, fue bautizado solemnemente por el cardenal Patrizi, adoptando el nombre de María-Alfonso.
Altar lateral de Sant'Andrea delle Fratte inicialmente dedicado a San Miguel (desplazado a otro lugar de la iglesia) donde ahora hay una imagen de la Virgen milagrosa según la descripción de Alfonso de Ratisbona.
Puede verse su busto a la izquierda de esta imagen.
El busto de la derecha corresponde a San Maximiliano María Kolbe, quien eligió este lugar para celebrar su primera misa el 29 de abril de 1918 debido a su profunda devoción mariana y conocedor del milagro.
La conversión de Alfonso de Ratisbona provocó una enorme conmoción en la sociedad europea del siglo XIX. Abandonó de inmediato su compromiso matrimonial, renunció a la herencia del banco familiar y en junio de 1842 ingresó en la Compañía de Jesús, siendo ordenado sacerdote en 1847.
Sin embargo, su vocación profunda guardaba un propósito específico: la reconciliación espiritual de su propio pueblo judío con la fe en Cristo. Con el permiso expreso del Papa Pío IX, Alfonso dejó a los jesuitas para unirse a su hermano Teodoro en la consolidación de la Congregación de Nuestra Señora de Sión, dedicada al testimonio del amor cristiano y a la educación.
A partir de 1855, el Padre María-Alfonso trasladó su foco de actuación a Palestina, un territorio entonces bajo el Imperio Otomano que sufría el abandono de sus principales lugares bíblicos. Empleó su fortuna y capacidad organizativa para adquirir y recuperar emplazamientos de inestimable valor histórico y espiritual:
Su hito monumental en Jerusalén fue la compra de las ruinas situadas en la Vía Dolorosa. Allí, los arqueólogos redescubrieron bajo el impulso de Ratisbona el antiguo arco de Pilatos y el enlosado romano (Litostrotos) donde la tradición sitúa el juicio de Jesús y la escena del Ecce Homo ("He aquí el hombre").
Alfonso erigió la Basílica y el Convento de Ecce Homo, convirtiéndolo en un refugio de oración, formación y acogida para peregrinos, así como un internado donde se brindaba educación gratuita a niñas de la región sin distinción de credo.
En 1860, Alfonso extendió su labor a Ain Karem, el pueblo tradicionalmente reconocido como el lugar de nacimiento de San Juan Bautista y de la Visitación de María a su prima Isabel. Allí adquirió unos terrenos colinados donde erigió el Monasterio de San Pedro, un orfanato y una granja modelo para capacitar a los jóvenes de la zona en actividades agrícolas.
Hasta el final de sus días el 6 de mayo de 1884, el Padre María-Alfonso de Ratisbona vivió en la austeridad, sirviendo a los más necesitados y promoviendo el diálogo espiritual en Tierra Santa. Su cuerpo descansa en el cementerio del convento de Ain Karem bajo una estatua de la Virgen María, la misma que, según su testimonio, cambió el rumbo de su vida para siempre en aquella capilla de Roma.
A continuación se recogen fragmentos de la carta autobiográfica de Alfonso que relata estos hechos:
Yo era joven; esa conducta de mi hermano me disgustó y comencé a odiar su hábito y su persona. La conversión de mi hermano que consideraba como una inexplicable locura, me hizo creer en el fanatismo de los católicos y les tuve horror.
Yo entonces era dueño de mi patrimonio porque había perdido de pequeño a mi madre y luego a mi padre, pero me había quedado con un tío muy ilustre, que no teniendo hijos, dio todo su cariño a los hijos de su hermano. Este tío mío hizo que me aficionara a la hacienda bancaria de la que él era jefe. Yo estudié Derecho en París y luego fui llamado a Estrasburgo por mi tío, que hizo todo lo que pudo para que estuviera con él. No sabría contar sus regalos: caballos, coches, viajes; me había colmado de generosidad y no me negaba ningún capricho. A estas pruebas de afecto, añadió un signo muy positivo de su confianza: me dio la firma de la hacienda y me prometió además los beneficios como socio.
Una sola cosa me reprochaba mi tío: “Te gustan demasiado los Campos Elíseos”. Yo no pensaba más que en los placeres. No soñaba más que en fiestas y diversiones, y por ellas me dejaba llevar con pasión.
Era hebreo de nombre solamente, pues no creía ni siquiera en Dios. No había abierto jamás un libro de religión, y en casa de mi tío, como en las de mis hermanos y hermanas, no se practicaba la más mínima prescripción del judaísmo.
Un vacío existía en mi corazón y nada me hacía feliz. Tenía una sobrina, hija de mi hermano mayor, que me había sido prometida desde cuando éramos niños los dos. Ella se deslizaba graciosa ante mis ojos, y en ella veía todo mi porvenir y toda la esperanza de la felicidad que me estaba reservada. Sería difícil imaginarse una joven más dulce, más amable y más graciosa. A uno sólo de mi familia odiaba: a mi hermano Teodoro. Sin embargo, también él me amaba; pero su hábito me repelía, su presencia me fastidiaba, su palabra, grave y seria, excitaba mi cólera.
Ver a mi novia despertaba en mí no sé qué sentimiento de dignidad humana; comenzaba a creer en la inmortalidad del alma; más aún, me puse instintivamente a rezar a Dios, le daba gracias por mi buena suerte y todavía no era feliz.
Considerada la corta edad de mi novia, se creyó conveniente retrasar el matrimonio. Ella tenía 16 años. Yo debía hacer un viaje de placer en espera de la boda. No sabía dónde ir. Mi hermana, que estaba en París, me quería con ella. Un amigo muy querido me invitaba a España. Por fin me gustó la idea de ir a Nápoles y pasar el invierno en Malta para tonificar mi delicada salud. Permanecí un mes en Nápoles visitando y anotando todo; sobre todo escribí contra la religión y los sacerdotes que en aquella ciudad me parecían fuera de su sitio. ¡Oh cuántas blasfemias en mi diario! Si hablo de ellas es para dar a conocer la perfidia de mi alma. Escribí a Estrasburgo que en el Vesubio había bebido el licor LacrymaChristi a salud del reverendo Ratisbona, y que esas lágrimas me gustaban. Educado entre jóvenes cristianos indiferentes, yo no había sentido hasta entonces ni simpatía ni antipatía por el cristianismo, pero no tenía ningún deseo de ir a Roma. Mi novia deseaba que yo fuese directamente a Malta, y me envió una prescripción de mi médico que me recomendaba pasar allí el invierno, prohibiéndome en absoluto ir a Roma por la malaria que allí reinaba. ¿Cómo llegué a Roma? No puedo decirlo, no puedo explicarlo. Creo que me equivoqué, pues en lugar de dirigirme a la sala de las salidas para Palermo, donde quería ir, me encontré en las oficinas de diligencias para Roma. Dejé Nápoles el 5 de enero y llegué a Roma el 6, día de los Reyes Magos. Dije que estaría de vuelta el 20 de enero para ir a Malta. Al primer impacto, Roma no me causó la impresión que esperaba. Tenía pocos días para esta excursión improvisada, por lo que me apresuraba en devorar del modo que fuese las ruinas antiguas y modernas que la ciudad ofrece a la avidez del turista. El 8 de enero, mientras caminaba por la ciudad, oí que me llamaban: era Gustavo de Bussiéres, amigo de la infancia. Me alegró aquel encuentro pues me pesaba la soledad. Fuimos a comer a casa de su padre. Cuando yo entraba en la casa, salía el señor Teodoro de Bussiéres, primogénito de esta distinguida familia. Yo sabía que era amigo de mi hermano y que había abandonado el protestantismo para convertirse al catolicismo. Esto era suficiente para inspirarme una profunda antipatía. Pero habiéndose revelado por sus viajes a Oriente y a Sicilia, me pareció conveniente, antes de viajar yo, pedirle alguna sugerencia. Sea por esto o por mera educación, le expresé mi intención de conversar con él.
Continuaba recorriendo Roma todo el día, excepto dos horas por la mañana que pasaba con Gustavo. Intentó persuadirme junto con otros dos amigos a que pasara el carnaval en Roma. Pero su insistencia fue inútil. Tenía que hacer las visitas de despedida, y la del barón de Bussiéres la recordaba siempre como un maldito deber que me había impuesto. El señor Teodoro de Bussiéres me hablaba de las grandezas del catolicismo, y yo respondía con ironía y con las acusaciones que había leído o escuchado con frecuencia."De todas formas, me dijo el señor de Bussiéres, ya que Vd. detesta la superstición y profesa doctrinas muy liberales, ya que tiene un espíritu valiente y muy ilustrado ¿tendría el valor de someterse a una prueba inocente?
- ¿Qué prueba?- Sería ésta llevar consigo un objeto que le quiero regalar. ¡Hela aquí! Es una medalla de la Santísima Virgen. Le parecerá ridículo ¿verdad?.. sin embargo, yo doy un gran valor a esta medalla".
Confieso que la propuesta me sorprendió por su pueril originalidad. No esperaba esta ocurrencia. La primera reacción fue la de reírme, encogiéndome de hombros. Y accedí a tomar la medalla como prueba del relato que contaría a mi novia. Dicho y hecho. Me puse la medalla al cuello y exploté de risa: "¡Ja, Ja! ¡Ya soy católico, apostólico y romano!" Era el demonio que profetizaba por mi boca.
"Ahora, me dijo, es necesario completar la prueba. Se trata de rezar por las mañanas y por las tardes el "Acordaos", oración muy breve y muy eficaz que San Bernardo dirigía a la Virgen María. "¿En qué consiste ese "Acordaos"? Exclamé; "¡Dejemos esas tonterías!" Porque en aquel momento sentí que rebullía toda mi animosidad. Rogué al señor de Bussiéres que se detuviera allí, y burlándome de él me quejaba de no tener también yo una oración hebrea para darle, pero no sabía ninguna. Pero mi interlocutor insistía, y decía que, rehusando recitar esta breve oración, hacía inútil la prueba y con ello mostraba la obstinación voluntaria de que se acusa a los hebreos.
No quise dar mucha importancia a la cosa, y dije: "¡Está bien. Le prometo recitar esta oración, pues aunque no me beneficie, creo que tampoco me perjudicará!". El señor de Bussiéres fue a buscarla, y me invitó a copiarla. Accedí, "con la condición -respondí- que se quede Vd. con mi copia y yo con el original". Mi intención era enriquecer mis apuntes con un elemento justificativo.
Nos separamos y fui al teatro donde me olvidé de la medalla y del "Acordaos". Al volver a casa encontré una tarjeta del señor de Bussiéres donde me decía que tenía que restituirle su "Acordaos" antes de partir. Al día siguiente hice mis maletas y me puse a copiar la oración. Había copiado mecánicamente estas palabras casi sin ninguna atención. Era tarde y estaba cansado.
Al día siguiente, 16 de enero, hice sellar mi pasaporte y ultimé las modalidades de la vuelta; pero durante el camino, repetía sin parar las palabras del "Acordaos". Pues, ¡en qué modo, Dios mío, estas palabras se habían grabado tan viva y profundamente en mi espíritu! No podía desentenderme de ellas; me venían constantemente a la memoria, las repetía continuamente, como ciertas melodías musicales que te persiguen sin quererlo. A las once fui a visitar al señor de Bussiéres para devolverle su misteriosa oración. Le hablé de mi viaje. Él exclamó de improviso: "Es raro que usted deje Roma en un momento en el que todos vienen para asistir a las celebraciones de San Pedro". Le respondí que había reservado y pagado el billete. Sin embargo, no sé por qué motivo, decidí prolongar mi estancia en Roma. Accedí a la insistencia de un hombre que apenas conocía y que hubiera rechazado a mis amigos más íntimos.
¿En qué consistía, Dios mío, ese impulso irresistible que me obligaba a hacer lo que no quería? ¡Oh, divina Providencia! Hice varios paseos con el señor de Bussiéres. Se hablaba de lo que impresionaba a nuestros ojos: un monumento, una pintura, etc. Se mezclaban temas religiosos que el señor de Bussiéres introducía con mucha naturalidad. Yo pensé que si algo podía alejar a un hombre de la religión, era la misma insistencia que se ponía para convertirlo. Por mi carácter jovial, yo me reía de las cosas más serias, y unía a los tiros de mis burlas, el fuego infernal de las blasfemias. Apenado, el señor de Bussiéres permanecía tranquilo y tolerante. Una vez llegó a decirme: "A pesar de su comportamiento, estoy convencido de que un día usted será cristiano. Hay en usted un fondo de honestidad que me asegura y convence de que un día será iluminado, aunque para ello el Señor tuviera que enviarle un ángel del cielo". "En buena hora, -le respondí-, porque de otra manera sería difícil".
El miércoles 19 encontré otra vez al señor de Bussiéres. Parecía triste y abatido. Yo debía partir el día 22 para Nápoles, pues por segunda vez había reservado el billete. Mientras tanto, rumiaba la invocación de San Bernardo constantemente y con rara impaciencia. Pero a media noche entre el 19 y el 20 de enero, me desperté sobresaltado. Veía fija delante de mí una gran cruz negra, de tamaño particular y sin el Cristo. Me esforcé por alejar esta imagen pero no podía evitarlo. A cualquier lado que me volviese siempre la tenía delante.
El 20 de enero de 1842, después de haber desayunado en el hotel, fui a ver a mi amigo Gustavo, el pietista, que había regresado de caza. Nos separamos hacia las once. Entré en un café de la Plaza de España para dar un repaso a los periódicos. Se me acercó Alfredo de Lotzbeck, que era protestante. Hablamos de caza, de placeres, de las fiestas de carnaval. Saliendo del café, me encontré con la carroza de Teodoro de Bussiéres. Se paró y me invitó a subir en ella para un paseo. Paramos unos minutos en la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte. Me propuso esperar en la carroza, pero yo preferí bajar a ver la iglesia. Se estaban haciendo los preparativos de un funeral y me informé del nombre del difunto. Bussiéres respondió: "Era uno de mis amigos, el conde Laferronays; su muerte inesperada, -añadió-, es el motivo de la tristeza que has notado en mí estos días".
La iglesia de Sant'Andrea es pequeña, pobre y desierta. Creo que me quedé casi solo. Caminaba mecánicamente, mirando a mi alrededor sin pensar en nada. Sólo me acuerdo de un perro negro que retozaba ante mí. Enseguida este perro desapareció, toda la iglesia también desapareció, ya no vi nada más o mejor ¡oh Dios mío! ¡vi una sola cosa! ¿Cómo podría hablar de ello? ¡Oh, no! La palabra humana no puede expresar lo inefable. Toda descripción, por muy sublime que sea, no sería sino una profanación de la inefable verdad. Estaba allí, arrodillado, llorando, con el corazón fuera de mí, cuando el señor de Bussiéres me llamó de nuevo a la vida. No podía responder a sus preguntas apresuradas. Pero tomé la medalla que había puesto sobre mi pecho y besé con gran afecto la imagen de la Virgen deslumbrante de gracia. ¡Oh, era Ella!
Yo no sabía dónde estaba. No sabía si era Alfonso u otro. Experimentaba un cambio tan grande que me creía otra persona. Una inmensa alegría llenaba toda mi alma. No podía hablar. No quise revelar nada. Sentía dentro de mí algo grandioso y sagrado que me hizo llamar a un sacerdote. Fui hacia él. Y sólo después de habérmelo expresamente ordenado hablé como pude de lo acaecido con el corazón tembloroso.
"Vi como un velo delante de mí -declaró Alfonso en el proceso-. La iglesia me parecía toda oscura, excepto una capilla, como si toda la luz de la iglesia se hubiera concentrado en ella. Volví los ojos hacia la capilla radiante de tanta luz, y vi sobre el altar de la misma, de píe, viva, grande, majestuosa, guapísima y misericordiosa a la Santísima Virgen María, semejante en el gesto y en la forma a la imagen que se ve en la Medalla Milagrosa de la Inmaculada. Me hizo señal con la mano para que me arrodillase. Una fuerza irresistible me empujaba hacia Ella y parecía decirme: ¡Basta ya!. No lo dijo, pero lo entendí. Ante esta visión caí de rodillas en el lugar donde me encontraba; traté de levantar varias veces los ojos hacia la Santísima Virgen, pero el respeto y el esplendor me los hacían bajar, aunque sin impedir la evidencia de aquella aparición. Fijándome en sus manos, vi la expresión del perdón y la misericordia. En presencia de la Virgen, a pesar de que Ella no me decía una palabra, comprendí el horror del estado en que me encontraba, la deformidad del pecado, la belleza de la religión católica, en una palabra: comprendí todo".
Yo salía de una tumba, de un abismo de tinieblas, y estaba vivo, perfectamente vivo ¡y lloraba! Veía en el fondo del abismo las enormes miserias de las que había sido arrancado por una infinita misericordia.
Tumba de Alfonso de Ratisbona en Ain Karem
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamando Vuestro Socorro, haya sido desamparado por Vos.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo, oh Madre, Virgen de las Vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
Oh madre de Dios, no desechéis mis humildes súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas favorablemente. Amén.